Historia: ¿Y QUIERES QUE QUIERA QUERERTE?

No tenía capacidad suficiente para comprender lo que me estaba pasando. La situación me superaba con amplitud. Ni idea de como manejarlo. Estaba dentro de una sopa que tenía como ingredientes la confusión, el desconcierto, la sorpresa, la desubicación y la desaceptación de la realidad, que a buen seguro no existe como palabra que está en el diccionario.

Pero debería existir, para definir aquello que haces cuando cierras los ojos muy fuerte, imaginando que aquello que ha pasado, en realidad no ha pasado. Nunca funciona, pero por eso no dejamos de intentarlo.

Aunque sorpresa mayúscula es lo que mejor aglutina todo. De mi. De ella.

No se exactamente porque me atrajo. Ni tan solo porque me fijé en ella. Quizás era la combinación de lo opuesto dentro de la misma persona. Y de lo contradictorio. Eso genera un magnetismo especial. Te atrapaba sin pretenderlo.

Rizos negros y piel canela tostada. Mezcla de genética y de sol caribeño. Lo mismo te fascina, que te genera una sensación de no saber como enfrentarte a esa realidad.

Nos conocimos en una escuela de baile. Bueno, yo la conocí a ella. Porque cuando yo llegue, ella ya estaba allí. Era la Directora Artística. Se llamaba Rosmely. Y había nacido junto a la orilla del Lago de Maracaibo.

Y cuando bailaba, lo hacía con una sensualidad que no parecía una mujer de este mundo. Se deslizaba sobre la tarima de una manera que parecía flotar en el aire. Movimientos contundentes a la par que elegantes. Había nacido para bailar. Bailaba para sentir. Amaba el baile. Y el baile la amaba a ella.

Dicen los que saben de esto, que cuando ves bailar a alguien, entiendes muchísimas cosas sobre como es esa persona y cuales son sus verdaderos sentimientos. En mi caso particular, cuando me ven bailar, no me quiero ni imaginar lo que pueden llegar a pensar de mí. Nada bueno, eso seguro.

Siempre me ha gustado mucho bailar. Pero hay que tener claro que cuando algo te gusta mucho, no significa que lo hagas bien. Y yo soy el puro ejemplo de ello. Por todo esto, y otras muchas cosas más, decidí apuntarme en una escuela de baile. Quería aprender a bailar danza contemporánea, y después de informarme concienzudamente, supe que Rosmely era la mejor en toda la ciudad.

No se cuando ni como empezó todo. No se si fue cuando me sonrió la primera vez al verme, o cuando me agarro delicadamente de la mano para enseñarme unos pasos. No se como pasó, pero si se que pasó. Y todo fue muy rápido. A penas hacía unas horas que nos conocíamos, y ella ya estaba ocupando bastante tiempo en mi cabeza. No comprendía como podía echar de menos a alguien que apenas conocía. Parecía como si hubiese estado en mi desde siempre.

Nos fuimos conociendo más. De forma apresurada, pero de la forma que nos gustaba. Siempre sonriente, siempre contenta, siempre activa. Y con una energía que no cabía en su pequeño cuerpo de goma. Empezamos a compartir más y más tiempo. Tanto en vertical como en horizontal. Cuerpos sin aristas.

La verdad es que llegue a un punto en que ya no sabía muy bien como enfrentarme a la situación. Una situación que me superaba. Por novedosa. Por compleja. Y decidí compartirlo con la persona que mejor me conoce en este mundo. Mi hermana.

Mi hermana se llama Marilia. Y yo me llamo Marta.

Si, exacto, es lo que estáis pensando, como las del dúo de Ella Baila Sola.

Somos gemelas. Pero muy gemelas. Idénticas. Aunque ya estamos en la frontera de los treinta, aún cuesta diferenciarnos y saber quién es quién. Y es que tampoco nosotras lo ponemos fácil. Somos rubias y con la piel blanca como la nieve. Nos peinamos igual, mismo color de barra de labios, y evidentemente nos intercambiamos la ropa cada día. Solamente existe una cosa, prácticamente imperceptible, que nos diferencia, pero que no es apreciable a simple vista. Cuando mi hermana Marilia se ríe, cuando se ríe a carcajadas, aparecen en sus mejillas unos pequeñísimos agujeritos, casi invisibles, que le dan un toque muy sexy. Y le cayeron en suerte a ella. Yo me quedé sin ese don. Pero en el fondo, no tiene ninguna importancia esa pequeña diferencia. O quizás si la tenga. Nunca se sabe.

Nunca me había enamorado de una mujer, y no sabía como contárselo a mí hermana. Nunca le habían gustado los novios que yo había tenido. Para ser sincera, a mi tampoco me habían gustado los suyos. Pero esto que pretendía explicarle era absolutamente diferente.

No sabía como explicárselo. Le enseñé una foto de Rosmely en mi móvil, y le dije directamente que era mi novia. Se sorprendió muchísimo. Creo que demasiado. Aunque obviamente no lo esperaba, creo que tampoco era para tanto. Le pareció guapa, y me dijo que desprendía un aire de dulzura.

Todo marchaba de maravilla entre Rosmely y yo. Vivíamos en un oasis de amor. Pasábamos tanto tiempo juntas como podíamos. Al principio lo hacíamos un poco a escondidas. Más por mi que por ella. Desgraciadamente, los malditos prejuicios sociales, me hacían sentirme vulnerable. Fui tan tonta. Tenia un diamante a mi lado, y yo me empeñaba en esconderlo en vez de dejarlo brillar como merecía. Suerte que la tontería se me pasó rápido y paseamos nuestro amor por toda la ciudad.

Todo marchaba bien, hasta que dejo de hacerlo. Yo sentía que algo estaba pasando entre nosotras dos. No lo sabia, pero lo presentía, lo intuía. Y se lo pregunté. Su contestación confirmó mis peores sospechas. Le pregunté que le pasaba y su respuesta fue demoledora: “Nada mi amor”. Señal inequívoca de que algo pasa.

No estaba del todo segura, pero creo que aquello empezó el día que fuimos a tomar unos tragos al Beach Bar. Estábamos bailando, bueno ella bailaba y yo me tambaleaba, cuando de repente apareció una masa de músculos y se abrazó a Rosmely. Ella parecía encantada. El abrazo se me hizo eterno. Después siguieron una serie de besos, en las mejillas, pero altamente afectuosos. Por fin me presentó a la bola hormonada aquella. Quizás no lo esté describiendo con excesivo cariño, pero es como me siento.

Aquel amasijo se llamaba Sergio. Era entrenador personal. De echo, fue su entrenador personal durante algún tiempo. No quise ni pensar en que se habían entrenado juntos, por lo amiguitos que parecían. Ni lo sabía, ni lo quería saber. Aunque me interesase. Empezaron a hablar de sus cosas. Todo el rato diciendo; “te acuerdas cuando…”, “te acuerdas de cómo…”. Parecían que se estaban haciendo mutuamente un test de Alzhéimer.

A mi todo aquello me molestaba bastante. El tal Sergio era bastante poco simpático y parecía que la hipertrofia de los músculos le había secado el cerebro. Y en estas me fui. Me despedí diciendo que me encontraba mal y salí del local con los ojos inyectados en sangre. Ninguno de los dos pareció preocuparse. Ella tampoco. Esa noche no durmió en su casa. Al parecer se quedó en casa de una amiga.

Súbitamente comenzó a hacerse más difícil el que pudiésemos quedar. Rosmely simulaba que todo estaba bien entre las dos. Pero yo estaba segura de que no era así.

Una brisa fría parecía haberse colado entre nosotras. Ya sus caricias no tenían el mismo tacto. Ni sus besos tenían el mismo sabor. Y eso me aterraba.

Pensar que cuando no estaba conmigo, estaba compartiendo su tiempo con aquel energúmeno, me ponía de muy mal humor.

Estaba aterrada con la idea de que la podía perder. Y estar aterrada y enamorada, es la peor combinación que se puede encontrar. Si la perdía, ya nunca más volvería a sentir nada igual. Era tan ridículo todo lo que pensaba, pero estaba tan cegada y confundida, que solo tenía pensamientos absurdos y autodestructivos. Pero no quería seguir viviendo más tiempo dentro de aquella prisión de incertidumbre. Tenia que hacer algo. Necesitaba saber que estaba sucediendo.

Entonces tome una decisión. Decidí ponerme en manos de un profesional. Debería haberme puesto en manos de un sicólogo, pero en vez de eso, contrate a un investigador privado. De nuevo otro error.

Cuando llegué a su despacho me di cuenta de que había contratado al mejor sin duda. Su mesa absolutamente desordenada. Mientras sostenía un cigarrillo entre sus labios, tenia otro encendido sobre el cenicero. La corbata mal abrochada. Y una camisa amarilla que en sus orígenes fue blanca.

Le expliqué el caso y que era lo que necesitaba saber. Me dijo que no había problema. Que descubrir infidelidades era su especialidad. Me tembló todo el cuerpo cuando escuché aquello.

Acordamos el precio. Le enseñe unas fotos de ella y le explique donde trabajaba y donde vivía. Sus horarios. Me sentí fatal haciendo todo esto, pero me auto engañaba creyendo que tenia derecho a saberlo. Cuando evidentemente no lo tenía. Me dijo que en dos semanas ya sabríamos algo.

Durante esas dos semanas, y cuando estábamos juntas, trataba de adivinar donde se estaría escondiendo el investigador para espiarnos. Pero en ningún momento lo detecté. Tal y como había pensado, se trataba de un excelente profesional.

Esto también me tranquilizó, porque si el investigador era descubierto por Sergio, pasaría en cuestión de segundos de investigador a cadáver.

De todas maneras, pasé las dos peores semanas de mi vida. No sabía cual era la respuesta que necesitaba.

Si no descubría nada, me iba a sentir tan mal conmigo misma por lo que estaba haciendo, que me iba a sentir indigna de ella. Ni sabría como volver a mirarle a los ojos. Dudar de ella, como se me había podido ocurrir.

Si se descubría algo, seria fatal. Me iba a sentir tan traicionada y triste, que no sabría como podría volver a estar con ella. Por mucho que lo desease.

Yo solita me había metido en una especie de trampa saducea. Pasase lo que pasase, iba a terminar mal.

Pero llego el día. Fui a ver al investigador. Ya llevaba unos cuantos días preparándome para la noticia. Me había estado preparando para escuchar que Rosmely tenia un lio con Sergio. Me había estado preparando para eso, pero no estaba preparada. Eso si, el musculitos se podía ir preparando porque iba a ir a por él. La venganza es un plato que se sirve frio.

El investigador me recibió con una gran sonrisa y me dijo que tenia buenas noticias. No entendí a que se refería. No se que son buenas noticias dentro de ese contexto.

Me dijo que podía estar totalmente tranquila respecto a Rosmely, que no tuviese ninguna duda sobre ella. Que no había terceras personas.

Una mezcla de alivio y culpabilidad me invadió. Estaba tan decepcionada conmigo misma. Como pude haber desconfiado tanto de ella. Debería haber hablado con ella antes de que la situación hubiese llegado tan lejos. Había estado tan absurdamente celosa. Quizás el amor que le estaba entregando a ella, era de poca calidad.

El investigador me explico los pormenores sobre como se había desarrollado la investigación. Había tomado muchas fotos de ella. Saliendo de casa, entrando en el trabajo.

Obviamente también había tomado fotos en la que salíamos las dos. Eran de la terraza de un pequeño café que solemos frecuentar.

La verdad es que me gustó ver aquellas fotos nuestras. Eran las fotos de una rubia y una morena enamoradas. Eso me puso contenta. Continué pasando las fotos hasta que llegué a la última.

La morena estaba explicando algo divertido.

Y la rubia se reía a carcajadas.

Y aparecían en sus mejillas unos pequeñísimos agujeritos, casi invisibles, que le daban un toque muy sexy.

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