Historia: QUE NOCHE…

Nunca he tenido grandes habilidades sociales. Quizás esto pueda explicar mi perpetua soltería al borde de los 40. Bueno, probablemente eso, y alguna cosa más. No soy atractiva, simpática tampoco, y ni muy brillante ni muy inteligente. Nunca me apetece hacer nada, soy muy parada, un muermo vamos. No importa diréis, seguro que eres buena persona. Pues tampoco. No me gustan los niños, tampoco los ancianos, y del resto casi nadie. Ah, y tampoco me gustan los animales. Con especial aversión a perros, gatos, periquitos y reptiles.

Con este panorama, tampoco puedo aspirar a tanto. No tengo pareja. He tenido alguna, pero me han durado muy poco. Todos mis novios pensaban que les había tocado el anti-chollo conmigo. Es que soy muy borde. Solo tengo una amiga, y me aguanta porque fuimos juntas a la escuela cuando éramos pequeñas, y yo le defendía cuando se metían con ella.

Mi única amiga se llama Yolanda. Es como una especie de bomba atómica con piernas. Tiene una capacidad sobrenatural para meterse en todo tipo de problemas y líos. Y en muchas ocasiones, para arrastrarme a mí con ella. Es un tipo de persona opuesta a mí. Guapa, lista, simpática, sociable y activa. Vamos que somos como el yin y el yang.

Hoy me ha llamado.

–¿Qué pasa chati? –me llama chati y yo lo odio.

–Pues pasar lo que se dice pasar, no pasa nada –le respondo. Es que me sale el ramalazo borde hasta con ella.

–¿Qué haces hoy? Sabes que hoy es viernes, y los viernes huelen a fiesta –valiente chorrada, pienso.

–Pues nada. Básicamente lo mismo que los otros cincuenta y un viernes del resto del año– diría que el año tiene unos cincuenta y dos viernes, más o menos.

–Esta noche vamos a salir chati –me dice con extrema alegría.

–Yo hoy no puedo salir –le respondo.

–¿Y eso? –me escruta.

–Pues porque necesito unas 36 horas para prepararme antes de salir y no dispongo de ese tiempo –le respondo.

–No seas exagerada –me dice.

–No lo soy. Estoy siendo optimista. Tengo que depilarme, dos veces, porque a la primera no saldrá todo el follaje que tengo en las piernas y sus aledaños. También maquillarme, que me llevará mucho tiempo taparme los cráteres que tengo en la cara. Arreglarme la ropa, ensancharla, porque ya no me cabe nada. Y por último, ir a ver al psiquiatra para que me de unos tranquilizantes potentes, para poder controlar los impulsos asesinos que me van a entrar cuando me presentes a todos esos amigos tuyos tan fantásticos. Conclusión, no es viable que podamos salir esta noche –le respondo y apuntillo para que me entienda.

–Venga va, no seas tan dramática. Nos vemos a las nueve –sentencia Yolanda.

–Yoli –esto sé que le fastidia porque suena cani–. Que es que no.

–Ok, pues perfecto entonces. Quedamos a las nueve en el Berlín. Allí nos vemos –me responde ajena a todos mis argumentos.

En fin, lo que aparentemente iba a ser un día sosegado, se acaba de convertir en una tortura malaya. Todo lo que debería haber hecho en 36 horas, ahora se tiene que hacer en 360 minutos, como si fuese lo mismo, o más, solo por tener un insulso cero al final. Pero solo son 6 escasas horas.

Son las 3 de la tarde y necesito salir del trabajo ya. Necesito una excusa para poder marcharme de inmediato. O pongo a mi madre de parto de gemelos, poco creíble con sus setenta y dos años, o accidento a mi prima hermana con un quad. O le digo la verdad, matizada claro. Voy a ver a mi jefe para pedirle permiso para salir.

Mi jefe pasa delante de mi escritorio y pienso que es un buen momento para hablar con él. Reclamo su atención. Está al teléfono, no me presta atención, y me hace un gesto con la mano. El mismo gesto que haces para apartar una mosca cuando te molesta. Esto lo debió de aprender es esos cursos de management tan caros a los que acude con frecuencia, y que es más que evidente que no le sirven para nada. Además, dice que en esos cursos hace net working e intercambio de experiencias. Si no tiene nada que intercambiar el pobre mamón.

Dejo pasar unos minutos y me dirijo a su despacho. Para entrar en su despacho debes de pasar un filtro. El filtro es Rosa. No es que sea de color rosa el filtro. Sino que Rosa es su secretaria. De echo es de color anaranjado, su cabello. Es una buena chica, bajita, pero muy mal aconsejada. Tanto en su forma de vestir como en su forma de comportarse en el trabajo, más sumisa que eficaz. Ella maneja una estética mezcla entre pin up y trasnochada, que no le favorece en absoluto. Su trabajo consiste básicamente en llevarle cafés al jefe y en hacerle fotocopias. Supongo que hace 50 años esto debía de ser útil, pero no desde luego hoy en día. Ni alcanzo a saber para que hace falta hacer fotocopias en la actualidad. Ah, y respecto a los cafés, tenemos una máquina que funciona pulsando solamente un botón con un dedo. Aunque tengas nueve dedos inutilizados, aún puedes tomarte un café. Incluso si tienes los diez. Yo probé una vez a pulsar el botón con la nariz, y la verdad es que salió un café riquísimo.

Mi jefe termina su llamada telefónica anodina. Rosa entra para anunciarle que estoy esperando para hablar con él. Y con su magnánima benevolencia accede a recibirme.

–¿Qué pasa ahora? –me pregunta con su dulzura de hiel.

–Sr. Martínez, discúlpeme la molestia, pero es que me ha surgido un imprevisto y necesito salir –le digo poniendo carita de cordero degollado.

–¿Qué tipo de imprevisto? –me dice.

–Algo de tipo personal –le respondo.

–¿Y tu crees que a mí me importa eso? Aquí hay un trabajo que hacer. Las ausencias se tienen que planificar con anterioridad –no se muy bien que parte de la palabra imprevisto no ha entendido.

Veo que la cosa se está poniendo feúcha, y que mi permiso para poder salir está bajo amenaza. Entonces saco a relucir que se trata de un tema familiar. Supongo que esto es una mentira piadosa, y que yo misma debo de ser familiar de mi misma. Hasta debo de ser un familiar muy cercano, consanguíneo de nivel uno por lo menos. Saco lo del tema familiar, porque mi jefe siempre está con eso de que la familia es lo primero. Pero creo que en las palabras de mi jefe hay unas dosis de postureo bastante altas. Tiene el despacho lleno de fotos con su familia. La más popular es una que tiene en Benidorm con su esposa y sus dos hijos. Supongo que es Benidorm porque es la única playa en la que las sombrillas y las toallas no dejan ver ni la arena ni el mar. Los cuatro están muy simpáticos. En bañador. Parecen cuatro muñecos del Bibendum uno al lado del otro. Para aquellos que no lo sepáis, Bibendum es ese muñeco tan simpático redondito de color blanco que sale en los anuncios de los neumáticos Michelin. Lo que viene siendo el muñeco Michelin.

–Discúlpeme Señor Martínez, es que se trata de un tema familiar –y acompaño mis palabras haciendo una caidita de ojos de dudoso gusto.

–Ah, tratándose de la familia, la cosa cambia Señorita –me dice.

–Si Señor, así es –le respondo.

–Señorita la familia es lo primero, siempre es lo primero. Y la fidelidad, el bien más preciado –me dice.

–A la familia se le tiene que honrar y respetar por encima de todo –me dice sin perder oportunidad de soltarme su discursito sobre la prole, sobre el amor inmenso que profesa a sus hijos, y sobre la fidelidad que ha profesado durante veinte años de matrimonio a su esposa. Vaya jeta tiene mi jefe.

–Muy agradecida Señor Martínez –le respondo aparentemente complacida.

–Pero no olvide que tendrá que recuperar estas horas con creces –puntualiza.

–Y siempre recuerde, la familia es lo primero, siempre es lo primero. Y la fidelidad, el bien más preciado –apuntilla.

Salgo corriendo del trabajo y me voy directamente al centro de belleza. Uno de esos que por 50 euros te arreglan de pies a cabeza. El resultado es que salgo igual de horrenda que he entrado, pero con 50 euros menos en el bolsillo. Solamente quedan 4 horas y aún muchas cosas por hacer. Llego me arreglo la ropa, me vuelvo a depilar y me vuelvo a maquillar. Me fumo un cigarro. Me fumo otro. Mi histerismo es más que evidente.

Son las 20:45 salgo a la calle. Me pongo a gesticular como una groupie en un concierto de Hombres G, y finalmente consigo que me pare un taxi. Subo y doy la dirección al taxista. Me pregunta si prefiero que vayamos por Diagonal o por Aragón. Le respondo con el mismo movimiento de mano que utiliza mi jefe conmigo. Pero sin haberme gastado un pastizal en el curso. Vivo justo en el lado opuesto de la ciudad. Hay mucho tráfico y no voy a llegar puntual. No es que me importe mucho hacer esperar a Yolanda. Lo que sucede es que esa mujer no sabe estar sola. Y como llegué antes que yo, ya se habrá integrado con alguien, y me tocará empezar a remar a contracorriente desde el minuto uno.

Y así es. Llego al Berlín diez minutos tarde. El Berlín es uno de esos sitios del Eixample de Barcelona donde tenían por costumbre ir los pijos a tomarse unas cervezas. Pero ya no van los pijos. Ya no quedan pijos. Los pijos se han reconvertido o en neoliberales o en pijoflautas, que viene siendo el pijo de antaño, pero con tejanos rotos de Dolce&Gabbana y sneakers, las bambas de toda la vida.

Y así me encuentro a mi amiga Yolanda. Sentadita en la barra y con las piernas cruzadas de una forma harto incomoda y bastante inverosímil. Creo que lleva una minifalda. Pero es tan mini, que solo se ven piernas por todos lados. Está hablando con el camarero de una forma más que amigable. Los camareros del Berlín son todos argentinos. No sé si es casualidad, o es que forma parte del casting de contratación. Todos aparentan ser súper simpáticos, súper encantadores y súper cools con sus man bun. Pero lo que me derrite de verdad, es como te hablan. Cuando les pides una cerveza, y te preguntan si quieres una caña o una mediana, lo hacen de una forma que sientes que es la pregunta más trascendental a la que te has enfrentado en toda tu vida.

Ya son más de las doce de la noche, y los camareros ya hace tiempo que no nos preguntan si queremos caña o mediana. Nos hemos tomado tantas, que lo tienen bien clarito. Parece que ya van a cerrar, y eso me pone contenta. Ya comienzo a ver el momento de irme a casa. Pero no, mi gozo en un pozo.

–Vamos a bailar chati –me dice la Yoli, aún más ofensivo con el articulo delante.

–No, de verdad, estoy muerta –le respondo.

–Si te veo divina de la muerte chati. Va venga vamos al Luz de Gas, que está aquí mismo –me responde.

Eso es cierto. A penas separan unos 40 metros el Berlín del Luz de Gas. Recorro esos pocos metros tratando de mantener mi dignidad dentro de unos límites aceptables, al menos para no llamar la atención de la Guardia Urbana. La combinación de cervezas, muchas, y tacón alto, no es la mejor si pretendes caminar como una modelo de Victoria Secret.

Llegamos a la puerta de entrada y nos topamos con los cuerpos de seguridad de la discoteca. Son unos chicos altos y fuertes dotados de visión de Rayos X. Es decir, atraviesan tu cuerpo y te miran sin verte. Te conviertes en invisible sin ningún esfuerzo. Yolanda está desplegando todos sus encantos para que nos dejen entrar. Sus encantos surgen poco efecto. Hacemos la cola como el resto de los mortales y abonamos los 18 euros de entrada, y que te dan derecho a una bebida, que es precisamente lo que menos necesitamos en este momento.

Entramos al local. Está lleno de gente, parece como si fuese gratis. Dejamos nuestros abrigos en el guardarropa y nos acercamos hasta la barra. En ese breve trayecto, ya se han acercado dos chicos a la Yoli, uno que ya lo conocía, y otro que le quería conocer. Nos pedimos dos gin-tonics, que es lo que está de moda. Supongo que se ha puesto de moda para dar que la gente pueda simular que son unos auténticos expertos en mixología, aún y cuando sean absolutamente neófitos en el tema. Tienes que elegir el tipo de ginebra que quieres. Después el tipo de tónica. Y cuando parece que ya no hay más preguntas, llegan los toppings; si lo quieres con pepino, limón o bayas rojas. Al final te dan el brebaje, que importa poco como esté preparado, especialmente cuando ya tienes unas cuantas cervecitas en tu estómago.

En estas, la Yoli ya está hablando con 3 moscones que la rodean. A mí me ignoran completamente, como si fuese invisible, otros más dotados de Rayos X, y eso que yo ocupo un cierto espacio.

En estas se me acerca un homínido con pinta de orco. Al juntarnos supongo que parecemos una pareja de orcos esperando a que Saruman llegue para darnos instrucciones. Nos miramos y nos damos cuenta de que desgraciadamente estamos hechos el uno para el otro, y entonces tomamos la inteligente decisión de girarnos 180 grados con la esperanza de no volver a vernos nunca más.

–Oye chati, vamos un rato a la pista a bailar –me dice la Yoli

Me agarra de la mano y me arrastra hasta la pista en contra de mi voluntad. La pista está colapsada. Suena reggaetón. Un hit de esos de moda cantado por Ozuna acompañado por Tony Dize y coros de Aventura. Vamos un lío en toda regla.

Junto a mí hay una rubia híper motivada bailando como si no hubiese un mañana. Supongo que hoy no ha podido acudir al box y se ha perdido su wod de cross fit, y ha decidido recuperar la sesión perdida en la pista.

Un chico baila enfrente de mí. Es un chico que vive solo y que se acaba de comprar una lavadora nueva. Todavía no sabe bien cómo funciona la lavadora y solo conoce el programa de lavado con agua a 90 grados. Todo esto lo sé por cómo le queda la camiseta. Más o menos 3 tallas menos de la que le corresponde. Encogida. Se le marca hasta el páncreas. Y lo peor, también lo que lo recubre.

Volvemos a la barra. Tomamos otro de esos gin-tonics tan elaborados. Una combinación diferente a la anterior, que casualmente termina teniendo el mismo sabor cáustico que la otra.

Así va pasando la noche, de la pista a la barra y de la barra a la pista, como si se nos hubiese caído algo y lo estuviésemos buscando. Yo no veo la hora de irme a casa.

Pero por fin suena la canción mágica. Es el Bailar Pegados de Sergio Dalma. Una canción muy nueva si vives en el túnel del tiempo. Es mágica porque es la última canción que ponen siempre en este sitio tan poco moderno. Es una señal. Chicos y chicas, es vuestra última oportunidad para interaccionar físicamente, ahora o nunca, o al menos hoy no.

Aprovecho para ir al guarda ropa, recoger los abrigos y ahorrarme la cola de después.

Busco a la Yoli para decirme que nos vamos. O que al menos yo me voy.

–Vamos a un after a tomar la última chati –me dice la Yoli.

–Mira Yoli, yo me voy a casa. Estoy que no puedo ni con mi alma –le respondo.

–No seas sosa. Vente con nosotros. Mira te presento a mi amigo…eh… ¿Cómo has dicho que te llamabas? Ah, sí, te presento a Anatoly –me dice tratando de animarme.

Pues si que son amigos. Desde hace mucho lo deben de ser, unos treinta segundos tal vez. Tanto que hasta se le había olvidado como se llamaba. Anatoly es un ruso, con nombre de ruso y pinta de ruso, que ya debe de frisar la cincuentena. Habla algo parecido al español. Dice que lo estudió en una academia en Moscú. No se donde lo estudió, pero lo que es evidente que el día que dieron la clase de los artículos, ese día el pobre Anatoly estuvo enfermo y no pudo ir. Habla como un Cherokee de Alabama, pero adaptado al estilo de la estepa siberiana.

Salimos a la calle y comenzamos a buscar un taxi. Anatoly mueve los brazos con un inusitado frenesí, quizás aprendido en su época de aparca aviones en Sheremetyevo. Finalmente, un taxi para y nos subimos. El ruso delante, y la Yoli y la Chati detrás, es decir, mi amiga y yo. Anatoly comienza a interactuar con el conductor, que es nepalí. Lo deduzco porque lleva colgada del retrovisor esa banderita triangular tan mona que representa al país del Himalaya.

Anatoly parece que se ha quedado sin Euros, ya que explica efusivamente al nepalí que nos lleve a una casa de cambio, donde imagino que quiere cambiar algunos de sus numerosos rublos. Tras mucho gesticular ambos, parece que han logrado entenderse y el taxi comienza a circular Diagonal arriba.

Avanzamos y tomamos dirección hacia el barrio de Pedralbes. Nunca había pensado que en este barrio hubiese oficinas de cambio, ni que tan siquiera les hiciese falta. Normalmente se ubican casi todas en las Ramblas. Pero el nepalí, conduce decidido y sin sombra algún de duda, por lo que deduzco que sabe donde va.

Finalmente, el taxi se detiene. Nos bajamos. Me doy la vuelta. No veo ningún indicio de que allí se encuentre ninguna oficina de cambio. Veo una villa unifamiliar con un rótulo que dice: “Training Pedralbes“. Lo que me faltaba. Es de madrugada y nos vamos a meter en un gimnasio a hacer deporte. Anatoly camina con paso firme hacia la puerta. Emocionado por la perspectiva de ejercitarse con mancuernas y kettlebells. Junto a la puerta de entrada, una pequeña placa dorada, da más información sobre la actividad del local. Dice: “Swingers Club”. Joder con Anatoly. Este tío tiene en la cabeza ejercitarse, pero de otra forma.

–¿Yoli, has visto lo que pone aquí? Pero si esto es un club de intercambio –le digo.

–¿Dónde? –me contesta ella aturdida por todo el alcohol que tiene en el cuerpo.

–En la plaquita dorada –le respondo.

–Que guay. Una vez estuve en uno de estos sitios y me lo pasé genial –me contesta encantada.

–Pues yo no voy a entrar. No me quiero intercambiar con nadie, ni que nadie intercambie nada conmigo.

–No seas estrecha. Ya verás como encontramos dentro gente súper divertida –me dice la Yoli tratando de animarme.

Para cuando me doy cuenta, Anatoly ya nos ha agarrado del brazo con sus garras prensiles y nos está empujando hacia la puerta. Ni nos damos cuenta y ya estamos dentro. Parece que ha habido un problema eléctrico, porque no hay luz dentro del local, esta a oscuras. Aunque creo que no, que esto es así, que no hay ningún problema eléctrico.

Se nos acerca un tipo con traje y corbata. Parece el encargado del local. Nos ofrece unos chupitos y nos indica que podemos pasar al vestuario para cambiarnos. Me tomo yo sola los tres chupitos intentando salir de mi asombro.

Salimos del vestuario enfundados en unos albornoces blancos, bastante raídos, y el encargado nos introduce en una sala más grande. También está oscura, pero mis pupilas ya se han dilatado y consigo ver algo más. Hay unas doce o quince personas. De ambos géneros. Algunas todavía con el albornoz puesto, y otras ya sin el.

Vaya con Anatoly, se siente como pez en el agua. Ya ha comenzado a interactuar con una chica menudita con el cabello color zanahoria. Se les ve muy animados. La Yoli tampoco se está quedando atrás y progresa adecuadamente.

Me doy cuenta de que me he quedado sola en el centro de la sala y que estoy siendo objeto de todas las miradas. Bueno, de todas no, solo de aquellas que no están entretenidas con otros asuntos.

De repente siento algo. Me tocan. No me tocan, me palpan. Y lo que me están palpando es el culo. Alguien justo detrás mío. Me quedo paralizada. No se como actuar. Me doy la vuelta con la esperanza de que al girarme esa manaza salga de mi culo.

Al mismo tiempo veo la cara de ese desvergonzado.

La tez absolutamente blanca, transparente, y una cara de sorpresa como no había visto nunca.

Y aunque no me gusta que me toquen el culo de esa manera, no puedo evitar que se me escape una sonrisa.

Imagino con claridad que en ese preciso momento una frase está torturando el cerebro de ese sinvergüenza.

Señorita la familia es lo primero, siempre es lo primero. Y la fidelidad, el bien más preciado.

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