Historia: AMOR RESILIENTE

No se habían conocido de una forma muy romántica. Probablemente a los dos les hubiese gustado encontrase en una playa llena de palmeras mientras paseaban. Cruzarse mientras caminaban por la orilla, darse la vuelta después de unos metros, y correr el uno hacia el otro para abrazarse. Pero no fue así. Pero eso no era lo más importante. Lo importante es que se habían conocido. Tampoco importa tanto el pasado cuando la idea es vivir el futuro.

Su primera vez no pudieron dedicarse demasiado tiempo el uno al otro. Fue algo tan inesperado que a los dos les sorprendió. Al despedirse, se intercambiaron sus números de teléfono. Quizás por cortesía, quizás por necesidad. Por la necesidad que tenían ambos de volver a verse.

A penas habían pasado unas pocas horas y ya se habían escrito sus primeros mensajes.

–¿Cenamos juntos esta noche? –dijo él.

–Vale. ¿Dónde? –dijo ella.

–En Puerto Madero a las 22:00. ¿Lo conoces?

–No, pero no te preocupes, ya lo encontraré –respondió ella.

Cuando él llego al restaurante, ella ya estaba allí. Parecía una persona diferente. Mucho más guapa que la noche anterior. Se saludaron y se sentaron en una mesa. Él pidió una copa de vino. Ella un whisky. Esta chica va fuerte, pensó él.

Comenzaron a hablar. Bueno, más bien hablaba él. Ella le miraba, pero tampoco hablaba mucho. Preguntaba sin palabras. Él estaba un poco desconcertado. Le estaré aburriendo, pensaba él. A penas se conocían, y él no sabía si a ella le interesaba lo que le estaba explicando. Luego supo que sí.

La cena llego a su fin, subieron en su carrito y se fueron. Él se instaló como pudo. Ella conducía. Mientras avanzaban él no salía de su asombro. No comprendía como ella podía ver la carretera con esos ricitos tapándole la cara. Unos ricitos que se colaban por todas partes. Pero ella muy prudente, los llevó al punto de destino sin ningún sobresalto. Pasaron juntos el resto de la noche.

Pasaron lo que pasaron, pero se despidieron temprano en la mañana. Fue una de esas despedidas definitivas. No porque no hubiesen estado bien juntos. Sino porque aquello parecía no tener sentido ni poder dar más de sí.

Ninguno de los dos esperaba volverse a ver nunca más, ni probablemente mantener ningún tipo de comunicación. Estaban seguros de que sus horarios y la distancia, harían estragos en su relación. O en lo que fuese aquello.

Eran dos personas bien diferentes, pero quizás tan iguales. Ella controlando los silencios, con ese poder que te dan unos ojos que lo dicen todo sin mediar palabra. Silencios que llenan. Él con sus gestos y su forma de hablar, de una manera, en la que no te quedan dudas sobre lo que te quiere transmitir. Hablaban el mismo idioma, pero cada uno de ellos con un color y sabor diferentes.

De repente, un mensaje. Después otro. Y otro más. Y bastantes más. Sus “escribiendo…” eran los que más les gustaban. Comenzaron a comunicarse con una cierta frecuencia. Hablaban de sus cosas. Parecía que tenían un cierto interés el uno por el otro.

Y así durante un tiempo largo. Algunas veces más cercanos, otras no tanto. Decían que se iban a ver. Lo intentaron unas cuantas veces. Por unas razones o por otras, el tiempo pasaba y no conseguían verse de ninguna de las maneras.

Pero siguieron hablando, con sus luces y sus sombras, sus cercanías y sus lejanías.

No fue nada fácil para ninguno de los dos continuar con aquello. Desalentados muchas veces. Todo era tan complicado. Mucho. Si alguien ha pretendido escalar el Everest con chancletas y en bañador, probablemente le haya resultado más sencillo que a ellos dos continuar con todo aquello.

Y otra vez, de nuevo una vez más, con su obstinación, quedaron en volver a verse.

Quedaron para pasar un fin de semana juntos. El sábado sería el momento del reencuentro. Esta vez parecía que sí. La mañana pasaba, pero aún ella no había llegado. Ni se sabía cuándo lo haría. Ni si lo haría. Las nubes de otro fracaso asomaban por el horizonte.

Pero se encontraron de repente. Súbitamente. Se miraron. Se saludaron. Después de tanto tiempo. Demasiado. Se vieron diferentes. Ambos estaban más delgados. Ella más alta. Él no tanto.

Era el medio día y se fueron a comer. Frente al mar. Pidieron unos ceviches. Comenzaron a conversar. Hablaron de muchas cosas. Una conversación fluida para quienes han estado más de dos años sin verse. La mitad de los ceviches quedaron en el plato. Tampoco se fijaron demasiado el mar. Estaban ocupados el uno con el otro.

El hace una broma, ella se ríe con una risa corta, de esas profundas que salen de dentro. Se miran el uno al otro. Se sienten bien el uno frente al otro. Les gustaba mirarse, aunque no se dijesen nada.

A pesar de que todo iba bien, algo no terminaba de encajar. Él notó que un muro invisible se levantaba entre ambos, una pared de cristal, de vidrio fino, pero duro. Y ella no lo quería saltar, no podía, no sabía cómo.

La tarde transcurrió alrededor de la piscina. Una piscina que pudieron disfrutar juntos y solos. Una tarde de hamaca. Una tarde de caricias y de besos.

Cuando el sol ya se escondió, ella le sorprendió diciéndole que se tenía que marchar, que no podrían pasar esa noche juntos. Una explicación difusa y complicada de entender. Con todo lo difícil que había sido el volverse a ver, y ahora ella le decía que se marchaba. Otra vez un encuentro fugaz. Parecían destinados a no poder pasar más que unas pocas horas juntos. Él no lo podía comprender. Ella no lo podía explicar. Pero ella se fue, con la promesa de que volvería a la mañana siguiente.

Él solo en su habitación. La que quiso haber compartido con ella. Recordando el eco de sus manos en sus espaldas desnudas. Las de ambos. Ella en un lugar diferente, tan cerca pero tan lejos.

Volvió a salir el sol. El aguardaba su presencia, ella parecía dispuesta a acudir. Un espejismo.

Pero ella no podía ir. Se estaba ahogando en su propio aliento. Ya no podía más. Y decidió derrumbar su muro de cristal, invisible pero muy presente. Un muro pesado que al caer podía derrumbarles y llevárselos por delante. El muro desapareció, pero al mismo tiempo se estaba abriendo un inmenso océano entre los dos. Imposible de cruzar para seres habituales.

A ella le costó muchísimo decírselo. Llevaba tiempo pensando en decírselo, pero no encontraba ni el momento, ni la forma, ni el cómo. Quizás por la decepción que podía causar. A él también le costó escucharlo.

Estando las cosas de esa manera, aquello parecía que se acercaba al final. Que no había ninguna salida.

Acordaron verse al día siguiente. Hubiese parecido que para poner fin a todo aquello. Algo que ya no tenía ningún sentido, ninguna razón de ser. Quedaron para comer. Digamos que quedaron en un restaurante a la hora de comer. A penas probaron bocado. El estómago cerrado y la cabeza dando mil vueltas, intentando comprender. Hablaron, hablaron y hablaron. De ellos. De sus complejidades, de sus circunstancias. Aquello que les quería condicionar todo.

Pero de repente apareció su carácter resiliente. Esa extraña capacidad que tienen algunas personas de reaccionar positivamente ante situaciones muy adversas.

Más allá de dejarse condicionar por el entorno y que lo destrozase todo, decidieron que quizás deberían caminar juntos. No sabían muy bien hacia dónde ni de qué manera. Pero muchas veces lo importante en la vida no es donde termina el camino, sino el placer de recorrerlo juntos.

Entre los dos podían completar perfectamente todo el repertorio de razones lógicas por las cuales no deberían de volverse a ver. Estaban llenos de razones para no hacerlo. No existía ninguna razón por la cual deberían volverse a ver. Bueno, quizás alguna. Una o dos como lo máximo.

La primera, porque les gustaba estar juntos. Y la segunda, porque parecía que se estaban empezando a querer.

De todas formas, al salir del restaurante, una despedida. Otra más. Un beso fugaz. De nuevo se dejaron marchar.

Se siguieron escribiendo durante algún tiempo. Los mensajes eran similares a los anteriores. Pero salpicados con mucha frecuencia con la palabra “amor” y con algún “te extraño” y algún “te quiero”.

Pero necesitaban verse ya. No querían esperar más. Se echaban demasiado de menos el uno al otro. No tenía ningún sentido tratar de evitar lo que tenía que ser, a pesar de todo, a pesar de todos. Quizás nadie lo iba a entender. No necesitaban que nadie entendiese nada. Les bastaba con que lo entendiesen ellos dos.

Decidieron pasar unos días juntos. Esta vez no querían compartir su tiempo con nadie más que no fueran ellos mismos. Necesitaban conocerse y necesitaban saber hasta donde podrían llevar todo aquello. Se fueron a una playa bonita, en la que no había mucho que hacer. Y es que no necesitaban hacer nada más que estar juntos, para poder darse el uno al otro. Compartir cada instante, recuperar el tiempo perdido. Conocerse hasta el alma.

Allí estuvieron una semana, con sus siete días y sus siete noches. Esta vez sí que pudieron comer algo más, estaban relajados, estaban en su mejor versión. Fueron días de sol y de mar. Días de mucho hablar y de contarse sus cosas. De broncearse. De gustarse como se veían. Días de acariciarse las manos. De pasarlas por el pelo del otro. Días de risas y de complicidades. De dibujarse mapas en la piel. De canciones. De bailar de cerca. De estar bien juntos. Días de parar el tiempo. Días de desearse. De acariciarse hasta la sombra. Días de ser felices. Días de hacer planes para recorrer el mundo juntos. Días de amarse. Días de besos, de roces y de piel.

Finalmente se conocieron de verdad. Y descubrieron que a los dos les gustaba como era el otro. Y apreciaron que ninguno de los dos era perfecto. Pero ninguno de los dos quería cambiar nada del otro. Estaban encantados con sus perfectas imperfecciones. Si tenían cosas que mejorar, seguramente si, las querían mejorar juntos.

Se volvieron a despedir, pero por fin era su última despedida, nunca otra más. Esta vez sabían algo nuevo. Algo que habían aprendido los dos juntos. Que ya no querían pasar ni un instante más el uno sin el otro.

Transcurrió algo de tiempo hasta que resolvieron sus respectivas vidas anteriores. Ahora viven juntos en un lugar en el que hace sol todo el año, en algún lugar de alguna parte. Se dedican a sus cosas. Él a las de él, ella a las de ella y ambos a las de los dos. Adoran compartir sus momentos. Tienen una casita cerca de la playa, con un pequeño jardín donde se sientan cada noche a mirar las estrellas juntos.

Él le cuenta historias.

Ella le mira y le sonríe.

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