Historia: BARES, QUE LUGARES

Ya son las 14:00 y sigo dando vueltas solo por la calle. Es la hora de comer. Dicen que comer solo es triste. Entonces puedo no comer y tener hambre, o llorar mientras como. Elijo la segunda opción.

Busco algún sitio. Algún sitio que sea agradable para llorar. Veo uno que me gusta y entro. La recepcionista toda vestida de negro, está parapetada detrás de un atril, y parece como si fuese a dar un discurso a sus compatriotas ninjas.

–¿Vienes solo? Mejor en la barra, ¿verdad?

Me gustan los sitios donde puedes comer en la barra. Así nadie espera que vayas a ponerte a sollozar de un momento a otro cuando te ven solo en una mesa.

Es una barra grande en forma de U. Elijo sentarme en uno de los rincones junto a la esquina. No me apetece sentarme en el centro de la barra. No soy una persona precisamente alta, y si me siento en el centro de la barra, todos podrían ver como me cuelgan las piernas sin poder llegar a alcanzar el reposapiés del taburete. Patético. Aunque sentarse en el lateral también tiene su riesgo. Te ven de perfil. Y cuando en tu abdomen en vez de haber un six pack hay un single big pack, tampoco te ves bonito. Patético igual.

El camarero despliega ante mi un mantel individual blanco impoluto, de esos de algodón egipcio, de cientos de hilos, quizás miles. Es su forma de decirme, esto no te va a salir barato chico. Y me tiende el menú.

Elijo el plato principal y una tontería como entrante. Imagino que el chef no se sentirá feliz después de que haya llamado tontería a su «deconstrucción de patata con cebolla caramelizada con miel de mil abejas y esencia de trufa blanca con un ligero toque de chile habanero perfumado al aroma de bergamota«.

Mientras me disponía a pedir mi copa de vino, veo que una pelirroja entra en el local. Viene sola. Otra que viene a llorar. Le preguntan en que parte de la barra quiere sentarse, y dice que en cualquiera. Así claro, tiene las piernas largas y el vientre plano, cualquier ángulo le va a favorecer. Termina sentándose más o menos cerca de mí. Algo más cerca cuando con mi magistral disimulo muevo mi asiento para ganar su posición.

–Hola. ¿Como estás?

–Bien, esperando para comer.

–¿Y tu nombre es? –dijo ella.

–Me llamo Adolfo.

–Ah, como Hitler.

–Y como Domínguez. ¿Y el tuyo?

–Soy Beatriz.

No era una chica guapa. Pero indiscutiblemente con mucho atractivo. Tenía un look un tanto peculiar y eso era probablemente parte de su encanto. Vestía una camiseta de tirantes que dejaba ver sus brazos. Unos brazos tatuados completamente desde el hombro hasta la muñeca. Los dos. A mi me gustan los tatuajes depende. No me gustan para mí, pero según como, me gustan para verlos en otras personas. Hace unas semanas mi mujer me preguntó que me parecía que nos hiciésemos un tatuaje ahora que cumplíamos 10 años de casados. Pues me parece mal, no me gustan los tatuajes. Su pregunta era una trampa saducea, y tuve que decir que nos haríamos uno pequeñito. Ella ya había pensado el tatuaje que nos haríamos. Pondría nuestros nombres y la fecha de nuestra boda. Te va a encantar, me dijo. Llevamos 10 años juntos y aún no me conoce.

–Veo que me miras mucho los brazos. ¿Te gustan mis tatuajes?

–Si, te quedan muy bien.

–Es que soy tatuadora.

Pues debes de ser tu mejor clienta, pensé.

En ese momento se acercó el camarero a preguntarme que tipo de vino quería tomar. Ya estaba decidido a pedir el vino de la casa. Pero en el último momento decidí pedir un Pinot Noir. Entendí que era un momento apropiado para dotarme de un cierto aire de sofisticación. Menos mal que me había cambiado el chándal de mezclilla justo antes de salir de casa, y me puse ropa de persona.

–¿Y tú a que te dedicas? –me escruta ella.

–Soy vendedor de seguros –y ya, toda mi sofisticación al carajo en un segundo.

–¿Y que hobbies tienes? –me sigue interrogando.

–Pues tampoco te creas que muchos. Me gusta el deporte. El de ver, no el de hacer. Leer y el cine.

Vamos que le respondo con las típicas simplezas del que no tienen ningún hobby y lo único que hace es ver el fútbol por la tele.

El camarero se acerca con mi comida, todo a la vez, entrante, plato principal, pan, vino.

–¿Qué es eso amarillento que has pedido? –me pregunta.

–Es puré de patata.

–Ah, es que tiene una pinta regular.

La «deconstrucción de patata… » es un simple puré de patata. Las mil abejitas deben de estar felices volando por la campiña francesa con poca intención de hacer miel. La trufa debe de estar a la fresca bajo un árbol del Piamonte. Y el chile habanero está tomando el sol muy relajado en algún lugar de la península del Yucatán. Y la bergamota, ni está ni se le espera.

Beatriz pide algo con quínoa de primero y algo con tofu después.

–Es que soy vegetariana –me dice.

–Que interesante. Yo también le estoy dando vueltas a eso de hacerme vegano –mientras digo eso intento tapar con la manga de mi camisa el entrecot que me he pedido, que no cabe ni en el plato. Son esas contradicciones que tenemos las personas especiales.

–Y a ti, a demás de los tatuajes, ¿que te interesa?  – le digo con la intención de que levante la mirada de mi entrecot.

–Mira, ahora mismo llevo un rollo muy oriental. Me flipa todo lo de allí. El budismo tibetano y todas esas movidas.

–Vaya, que interesante parece todo eso –y no se ni de lo que me está hablando – Cuéntame un poco mas por favor.

–Adoro como viven, y la sencillez con la que afrontan la vida. Y toda esa creencia en la reencarnación, me parece espectacular.

–¿Qué es eso de la reencarnación?

-Pues básicamente es que cuando te mueres te vuelves a reencarnar en otra persona, diferente a la que eras.

Vaya lío que tienen montado los budistas con todo esto. Mientras tanto me enseña unas fotos de su viaje a Lhasa en su Iphone X, que no parece ni muy sencillo ni muy budista. Me muestra unas imágenes de Buda. Joder, si Buda se ha reencarnado en mí. Es como yo, pequeño, gordo y calvo.

Pero a mí esto de la reencarnación si que me ha interesado. Esto de reencarnarse en otra persona tiene un rollito guay. Yo si se pudiese elegir creo que me reencarnaría en George Clooney, me gusta mucho ese aspecto tan elegante y atractivo que tienen los hombres altos con sus cabellos grisáceos. Aunque pensándolo bien, quizás me iría mejor algo más canalla, como por ejemplo reencarnarme en Nicky Jam, pero pronunciando bien la erre, puestos a pedir. No sé, aunque lo que estaría más molón sería reencarnarse en C. Tangana. Me quedo con él definitivamente.

–¿Y como es tu vida Adolfo? ¿Tienes pareja? ¿Hijos?

–Tengo dos hijos. Y pareja…pues, en fin –acabo de hacer lo que nunca se debe de hacer, mentir. Eso nunca sale bien. Pero es que me he venido arriba en un momento.

–Explícame lo de tu pareja.

–Bueno, ya sabes. Estuvimos 10 años juntos, pero al final lo dejamos. La dejé yo.

–¿Y por que la dejaste?

–Es que la quería demasiado y no quería hacerle daño.

Beatriz no puede evitar que se le escape una sonrisa mientras muy probablemente está pensando: «Este capullo quiere insultar a mi inteligencia. ¿Quién en su sano juicio deja a alguien porque le quiere demasiado? Si quieres tanto a alguien lo que quieres es quedarte con esa persona para siempre, no dejarla. ¿Y que no querías hacerle daño? Si eres más inofensivo que Bambi, venga ya».

De todas formas, como ella está con todo esto del budismo, positiviza la respuesta y se lo toma como un alago, y entiende que lo que Adolfo está pretendiendo es ligar con ella.

La comida llega a su fin.

–¿Que vas a hacer ahora? –le pregunto.

–Pues pensaba pasar por el estudio para recoger algunas cosas.

–Pues si quieres te acompaño –respondo esperanzado.

–Bueno… si quieres, pero no te preocupes, está aquí al lado.

–Vale, pues te acompaño.

Salimos del restaurante y comenzamos a caminar. No tardamos en llegar al sitio. Al estudio. Bueno, visto desde fuera, parece mas un chamizo trotskista que un estudio.

–¿Quieres que te lo enseñe? – me pregunta ella.

–Vale.

Beatriz sube la persiana oxidada y entramos dentro. El lugar se ve mucho mejor por dentro que por fuera.

–Y tu Beatriz, ¿tienes pareja?

–Bueno si y no. No estoy muy segura. Lo que si se es que estoy enamorada.

–No es fácil de entender lo que me dices. Explícamelo mejor.

–Verás, la semana pasada salí a tomar un café al bar de la esquina. Me quería sentar, pero todas las mesas estaban abarrotadas. En una mesa había sentada una chica sola. Le pregunté si podíamos compartir mesa. Me dijo que sí y me senté con ella. Ya que había ocupado su mesa, me sentí en la obligación de darle un poco de conversación. Al poco rato, y sin darnos cuenta, estábamos hablando de temas muy interesantes y tomándonos una cerveza. A esa cerveza siguieron otras y a esa conversación otras conversaciones. Le invité a conocer mi estudio. Vinimos aquí. Nos acariciamos, nos besamos y el resto pues ya te lo imaginas. Ella estaba muy nerviosa porque era la primera vez que estaba con una mujer. Yo ya estoy acostumbrada a estas situaciones. Soy lesbiana.

Con estas palabras, todo mi pretendido plan para esta tarde se esfumo como humo en el aire.

–Y dime Beatriz, ¿como es enamorarse de una mujer?

–Pues dos mujeres se enamoran igual que se enamoran un hombre y una mujer, o una mujer y un hombre o igual que se enamoran dos hombres. El amor no entiende de géneros.

–¿Y eso también lo dice el budismo? –le pregunté.

–No se si lo dice el budismo. Eso lo dice la razón, la inteligencia y el sentido común –me respondió.

–¿Y os habéis vuelto a ver?

–Sí, tres veces más. Ha sido maravilloso. Esta mañana vino al estudio. Quería hacerle un regalo, que tuviese un recuerdo mío. Solo se tatuar y le regale un tatuaje –me respondió.

–Claro. ¿Y que le tatuaste? –le pregunté.

–Le hice algo que ella quería. Si quieres te lo enseño. Siempre saco fotos de mis trabajos.

–Vale –le dije.

En ese preciso momento puso ante mi una fotografía con el tatuaje que había realizado a su nuevo amor.

Lo que había frente a mis ojos decía:

24 de Septiembre de 2007

Adolfo&Miranda

Miranda se llama mi esposa

Y el 24 de septiembre es nuestro aniversario de boda

 

 

 

 

6 comentarios sobre “Historia: BARES, QUE LUGARES

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  1. Todo el rato riendome. Muy fino. Y el final me ha hecho pensar bastante rato.
    Una cosa.
    Narras tanto en femenino como en masculino. Creo que eres una chica. Aunque a veces creo que eres un chico.
    Me lo aclaras?
    O es parte de tu misterio?

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