Historia: CITA A CIEGAS

Todo era tan romántico y tan incierto, que muy probablemente por eso estaba tan nerviosa. Varias docenas de vestidos esparcidos sobre mi cama, pero no tenía nada que ponerme. Los vaqueros y los shorts están descartados para ocasiones como esta.

En estos casos no puedes ponerte cualquier cosa y pensar que cualquier trapito te va a caer bien. Ya no tengo la figura que tuve, bueno, la que quise haber tenido, pero nunca tuve.

Pero ya se me estaba haciendo tarde y tenía que decidirme. Algo que fuese elegante, sin ser excesivamente protocolario, pero con un toque de atrevimiento, sexy sin resultar vulgar. Algo entre monja de clausura y gogó de discoteca. Ahí cabe todo.

Siempre he creído que lo más importante de un vestido es su textura. Al final te lo pones y ya no lo ves más, pero lo vas sintiendo todo el rato sobre tu piel. Además, si alguien te toca la espalda, pues mejor que se encuentre una tela agradable. No creo que haya nadie tan descarado que se atreva a tocarte por debajo del vestido en un restaurante, y menos en una primera cita. Eso espero al menos.

Al final, el de seda negro.  Nunca vi claro que ese fuese un gran vestido, pero me decían que me quedaba muy bien. Parece que a las rubias el negro nos sienta bastante bien. Además, a las teñidas, nos combina bien con las raíces del cabello cuando llevamos semanas sin pasar por la peluquería.

Agarro el bolso y todo lo que necesito, que no es poco, y salgo pitando porque el taxi ya esta abajo. Subo al taxi con torpeza, minimizada por la ayuda del educado conductor que me ayuda a instalarme en el asiento delantero.

Tengo unos 15 minutos hasta llegar al restaurante, que aprovecho para retocarme el maquillaje. El conductor me ofrece bajarme el espejito y encenderme la luz, pero ya llevo años maquillándome sin verme en el espejo.

Llego al restaurante. Me bajo del taxi y el recepcionista me acompaña. Es un restaurante francés, de esos que cocinan con mucha mantequilla y que tienen poca luz; como si eso fuese suficiente para enamorarse. Él eligió el restaurante. Me dijo que lo conocía y que nos sentiríamos cómodos.

Es nuestra primera cita. Nunca nos hemos visto. Simplemente nos intercambiamos unos emails y el deseo de que todo esto saliese bien.

El maître me acompaña hasta la mesa y anuncia que ya he llegado. Él desliza su silla para levantarse y saludarme. Nos acercamos intuitivamente y nos damos un beso titubeante en la mejilla. Es a lo máximo que podemos aspirar como saludo para una primera cita.

Nos sentamos. Con voz nerviosa me pregunta: «¿Como va todo?» Como si fuese tan fácil responder a esa pregunta. ¿Que es todo? ¿Tienes 3 días para escucharme? En fin, me lo tomo como una forma de romper el hielo y le digo que todo está bien. Empezamos una conversación errante y de poco contenido. De esas que se tienen cuando estás con alguien de quien quieres saberlo todo, pero no sabes encontrar la forma de llegar.

Al menos no hablamos de la edad que tenemos. No es que no me interese su edad. Pero odio que me pregunten sobre la mía. Hay etapas de la vida en las que no gusta que te pregunten cuantos años tienes. Algunos dicen que la edad está en la mente, y eso está muy bien para publicarlo en un libro de autoayuda. Pero yo no conozco a nadie que cuando se siente mayor, vaya a un psicoanalista a que le quite unos cuantos años de la mente. La gente cuando se siente mayor lo que acostumbra a hacer es ir al cirujano plástico para que le quite unas cuantas arrugas de la cara.

Seguimos hablando de cosas bastante banales, pero la verdad es que me encanta su voz y como me cuenta las cosas. Resulta que a los dos nos gustan los animales. Los dos tenemos perro. Él un labrador y yo un golden.

A veces se produce algún silencio, pero la música del restaurante ayuda a llenar los vacíos. Bueno, no estoy tan segura de que ayude a llenarlos, mas bien los ocupa. De fondo está sonando Ricardo Arjona. Todas las canciones de Arjona son desgarradoras. O es el desgarro del amor, o es el desgarro del desamor. Pero siempre te rompen, no son de esas canciones que escuchas al levantarte por la mañana para llenarte de energía.

La cena va bien. La comida es un poco densa y excesivamente elaborada, pretenciosa, pero el merlot ayuda a que sea mas llevadera. A mí, él me esta gustando bastante, mucho podría llegar a decir. Y creo que yo a él también.

Llegamos a los postres y con ellos al posible final apresurado de nuestra primera cita. Pero eso no es lo que yo quiero. No quiero que termine ya. Quiero que esto dure. No se si para toda la vida. Pero si que dure algo mas.

Creo que es el momento de dar un paso adelante. No creo que sea lo mejor en la vida no luchar por lo que quieres, y mantener una actitud distante esperando a que el de enfrente reaccione. ¿Y si no lo hace? Y mucho menos envolverse en un aura de distanciamiento místico, simulando falta de interés, esperando a ver si el otro se mueve. La soberbia no es la mejor compañera en estas ocasiones.

Me encantaría poder tocar su mano. Y allá voy. Comienzo a deslizar mi mano por el suave mantel recorriendo la mesa. Intuyo que él también lo va a hacer. Cuando nuestras manos están apunto de tocarse, tropiezan con algo que hay apoyado en el borde de la mesa. Algo se mueve, algo se va a caer. Se escucha un sonido. Es el sonido de algo metálico que golpea contra el suelo. Primero el suyo, después el mío. Suena como esos bastones metálicos de color blanco. De esos que tanto nos ayudan.

Por que para ellos el amor es ciego.

Y para los demás también.

10 comentarios sobre “Historia: CITA A CIEGAS

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  1. buena historia,pero….como seria la preparacion de la cita a ciegas masculina?que se pondria? se afeitaria? o quizas se dejaria esa barbilla de 3 dias?Se pondria la camisa de lino, comoda o arriesgaria con el traje chaqueta?

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